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domingo, 14 de febrero de 2010

Rama. Viniendo al mundo.

 

Martes. Cinco de la mañana. Carolina se levanta para ir al baño, cuando vuelve me dice “Nenito, tengo molestias, son como dolores de regla”. Han empezado las contracciones preparatorias del parto. Hasta ahora no son más que eso molestias. Menos mal que tenemos visita de nuestra matrona, Karen Fagan, a eso de las once de la mañana; ella nos dirá qué onda. Karen llega puntual y nos confirma que la primera fase del parto ha comenzado. Hace su chequeo habitual. Sus hábiles manos adivinan la posición del bebé Rama; la cabeza esta bien encajada en la pelvis, su espalda queda delante sobre el abdomen, así su cara está enfrentada a lo columna de su madre; la posición ideal. Su corazón late con fuerza. Con su adorable acento irlandés, Karen nos dice que “el bebe es mucho contento”. ¡Bien, Rama! Nos aconseja pasar el día en casa, tranquilos, comiendo bien y dando algún paseíto por el campo; cuando las contracciones sean más fuertes, frecuentes y regulares debemos llamarla; ella llegará en cuarenta y cinco minutos.
La primera vez que besé a Carolina fue un martes, la primera vez que la amé fue ese mismo martes; y después de ese martes, todos los martes comenzaron a ser muy especiales, porque cada semana celebrábamos ese día como si fuese un aniversario; aunque en este caso era un semanario, porque lo festejábamos cada semana. De modo que cuando el parto anunció su proximidad y vimos que era martes nos acordamos de nuestro primer encuentro, y de aquellos días tan especiales; y nos dispusimos a vivir este momento preparatorio al parto como una verdadera fiesta. Pasamos todo el día como la tórtola y el tórtolo, en un puro arrullo, paseando por los campos reverdecidos de tanta lluvia, entre los almendros en flor, andando despacito, deteniéndonos cada vez que una contracción nos asaltaba. Eran cortas y suaves, pero lo suficientemente intensas como para detener el paso y retener el aliento por un instante; después una risa nerviosa. ¡Ya viene Rama! ¡Qué alegría desbordante!
Comimos un cuscús con verduras muy rico, alguna frutita y mucho té de hojas de frambuesas para ayudar al útero en estos trances. Después más amor. Eran nuestros últimos momentos siendo dos, así que pasamos una tarde de novios adolescentes besucones. Entre las contracciones, que ya empezaban a sucederse cada diez o quince minutos, nos comíamos a besos, nos acariciábamos y nos moríamos de la risa que de puro nervio nos entraba. ¿Qué hacemos? ¿Cuándo llamamos a Karen? ¿Son las contracciones lo suficientemente fuertes, frecuentes y regulares? Fuera ya empezaba a oscurecer. Dentro habíamos dispuestos velas por todos los rincones, una estufa de gas y otra eléctrica mantenían la casa a una temperatura muy acogedora, como de vientre materno, sonaba una música bastante psicodélica, un CD de música hipnótica para el parto que nos había pasado Karen. Habíamos creado una atmósfera tan íntima, tan nuestra, que bromeábamos sobre si llamar a Karen o tenerlos nosotros por nuestra cuenta, en un puro acto de amor. A las diez de la noche las contracciones empezaron a ser más serias, menos risueñas y más frecuentes, cada cinco o seis minutos. Fue entonces que llamamos a nuestra comadrona y a la hora ya estaba con nosotros. En esa última hora sin Karen, las contracciones empezaron a ser más fuertes e intensas, pero en cuanto ella llegó se calmaron un poco, era como si el bebé hubiera notado la presencia de alguien nuevo, y ajeno, y se hubiera cortado un poco en sus ganas por venir al mundo; al rato, volvieron a subir de tono. Más fuertes e intensas. La madrugada que siguió fue uno de los trajines más fuertes de mi vida. Carolina visitó cada habitación de la casa decenas de veces, adoptó todas las posturas pre-parto que puedan hallarse en cualquier manual, e incluso alguna nueva de su invención. La estufa de gas rodaba del salón al baño y de la sala de masajes al dormitorio. Ahora, hace mucho calor; ahora frío, cojines, almohadas, esterillas, mantas, la música, el silencio, la piscina de parto, calienta el agua, enfríala, vuélvela a calentar, las velas, las luces. Me sentía como un tramoyista coordinando la escenografía siempre cambiante de una obra teatral que se llamara “El Parto es nuestro. Mil maneras de dar a luz”.
Fue todo muy intenso. Muchas emociones se agolpaban en nuestros corazones. Las horas pasaban; el cansancio y la excitación se mezclaban a partes iguales. Carolina tenía el cuerpo muy tensionado puesto que las contracciones eran cada vez más  intensas y constantes, así que se metió  en la piscina, esto la hizo que las contracciones fueran más suave, pero también le bajo la tensión con el calor del agua y tuvo que salirse. Volvieron las contracciones fuertes, pero durante un buen tiempo no hubo evolución. Las contracciones eran lo suficientemente potentes para resultar agotadoras, pero no lo bastante intensas y duraderas como para entrar en la siguiente fase de parto, que antecede al expulsivo, en el que las contracciones son muy fuertes y dolorosas, y duran como un minuto y se repiten cada uno o dos minutos. Estaba casi amaneciendo. Llevábamos desde las cinco de la mañana del martes sin dormir. Carolina apenas había comido desde el medio día,  y ya esta muy débil; entre contracción y contracción intentaba comer algo, beber un poco de zumo, más té de hojas de frambuesas, pero cada vez estaba más tensionada y exhausta. Karen y yo le dábamos masajes, la abrigábamos cuando tenía frío y la desvestíamos cuando tenía calor. Cada cierto tiempo Karen revisaba la tensión sanguínea de Carolina y escuchaba el corazón de Rama, todo estaba en orden pero no había progreso en el parto. Todo se había quedado en un punto muerto de contracciones agotadoras pero insuficientes para provocar la dilatación. Llegó el día y decidimos que teníamos que descansar; pero ¿cómo? Carolina seguía teniendo contracciones, ahora de nuevo eran cada diez minutos, y así no podría dormir. Karen sacó de su cajón un aparatito llamado TENS, con unos electrodos que se colocan en la espalda y emiten una pequeña descarga eléctrica que hace que las contracciones sean más llevaderas. Así que entre contracciones Carolina, más que dormir, se desmayaba durante cinco minutos, hasta que de nuevo se levantaba por el dolor. Aún así parece que la maquinita funcionaba, y algo descansaba.
El día iba avanzando. Carolina, no podía dormir, ni avanzar en su labor parto. Karen hizo un tacto y nos dio un par de noticias; una buena y una mala. La buena era que la pelvis de Carolina era muy ancha y el canal por donde pasa el bebé bastante ancho. La mala es que apenas había dilatado un centímetro. ¡Más de treinta horas de contracciones y sólo había dilatado un centímetro! Eran las tres de la tarde del miércoles y el desánimo llegó a nuestros corazones. Las palabras hospital, oxicitocina, cesárea, episiotomía, empezaron a infiltrarse en nuestros pensamientos. No queríamos ir al hospital; ib ene contra de lo que sentían nuestros corazones. No queríamos un parto inducido, rodeado de extraños, con luces y sonidos estridentes. Por otro lado, después de tanto tiempo el bebé podía defecar dentro del líquido amniótico y correr peligro. Sentimos miedo, frustración y desamparo. Recé todas la oraciones que sabía y alguna más que inventé por el camino. Hacía poco había empezado a leer el libro de Gurmuk Kaur Khalsa, “Yoga Kundalini para embarazadas”. En el prólogo la autora habla de una forma en que ella a veces lee los libros que le inspiran espiritualmente: Agarra el libro entre las manos, hace una invocación a las Fuerzas Superiores para que le guíen y abre el libro al azar por una página cualquiera; después lee el texto seleccionado y esto le sirve de inspiración. De modo que ahí estaba yo, rezando a todos los santos y preguntándome qué hacer en esta difícil situación; así que trinco el libro de la Gurmuk, me encomiendo a lo más Alto y abro el libro por una página cualquiera. En letras mayúsculas, el título del capítulo de la dichosa página que tuve a suerte abrir, decía: NACER EN EL HOSPITAL. Arrojé lejos el libro, como si lo echara a las llamas del infierno. Fui a hablar con Carolina, a confesarle mis temores (por supuesto no dije nada acerca del libro). Mi bienamada Carolina, mi heroína de andar por casa, mi amiga y leal compañera, también tenía miedo. Me confesó que también sentía miedo, pero no tenía dudas. No quería ir al hospital, quería ser dueña de su parto y traer a su hijo en una atmósfera de intimidad, ternura y amor. Le dije que estaba con ella y que asumiríamos las consecuencias de nuestra libre elección, con fe y confianza en la Vida.
De todos modos decidí que necesitaríamos apoyo moral; así que llamé Susana, un ángel del cielo que se dedica a acompañar a las mujeres y sus parejas, si existen, a pasar por este intenso trance del parto natural. Nosotros somos primerizos, y necesitábamos a alguien que nos alentara, que nos animara y llenara nuestros corazones de renovada esperanza. Y esto fue exactamente lo que hizo. Yo le pedí que hablara con Carolina y le infundiera valor por teléfono. Dijo que mejor vendría a casa, a acompañarnos y a vivir con nosotros esta experiencia. El simple hecho de que esta mujer hablara con nosotros por teléfono y se pusiera en camino hacia nuestra casa, hizo que una nueva y refrescante ola de paz y optimismo se apoderara de nosotros. Aún no sé que misterioso arte es este de las doulas, que con su sola voz llenan paz los corazones desalentados. A las seis llegó Susana. Karen dormía en el sofá, y Carolina estaba en la cama del dormitorio. Ya estábamos más animados, y sin dormir más de cinco minutos seguidos, habíamos conseguido descansar algo. Tanto se relajó la cosa que pudimos incluso comer los restos del cuscús del martes; algo calentito que supo al gloria. Las contracciones se suavizaron tanto que Carolina estaba como si no hubiera pasado nada; Susana bromeaba diciendo que allí no había nadie de parto. A las diez u once de la noche, la cosa estaba tan tranquila que le dijimos a Karen y Susana que se fueran. Sobretodo Karen necesitaba descansar y salir un poco de allí; y nosotros ya habíamos decido que esperaríamos a que Rama hiciera su aparición cuando él quisiera. Ya estábamos más tranquilos y también con ganas de estar solos. Así que se fueron. Llamaríamos de nuevo a Karen si el parto se avecinaba. Cuándo sería eso; o cómo sería, no teníamos ni idea. El caso es que estábamos solos de nuevos. Las contracciones eran de nuevo tan débiles que pensamos que podríamos dormir y todo; pero no fue así…
Nada más irse la comadrona y la doula; Carolina empezó de nuevo sus contracciones. Fue quedarnos solos y cambiar todo. La intimidad de la pareja juega un papel importante en el proceso del parto. Por eso ya no quisimos llamar hasta que el progreso del alumbramiento estuviera en su recta final; nos arriesgábamos a que el bebé naciera antes de que llegara la matrona; pero sentíamos que necesitábamos intimidad.
Después de un buen rato yendo y viniendo de la cama al cuarto de baño, Carolina decidió instalarse en el cuarto de baño; pues a cada momento sentía ganas de hacer caca, o de vomitar o de mear, y así tenía el váter cerca. Además el baño la habitación más oscura y pequeña de toda la casa; lo más parecido a una madriguera segura y en penumbra que tenía a su alcance. De modo que alumbré con una vela, dispuse un edredón y cojines para acolchar el suelo, llevé el calefactor eléctrico para que estuviera bien caliente y nos entregamos a la labor. A las dos de la madrugada (ya era jueves), las contracciones eran ya bastante regulares, fuertes y frecuentes. De hecho, a juzgar por la serie de ruidos extraños, aullidos e imploraciones a Dios que emitía Carolina supe que el momento estaba cerca. Llamé a Karen y le dije que ya estaba en la última fase antes del expulsivo; pero al colgar el teléfono las contracciones bajaron de nuevo de intensidad: ¿Qué pasaba? Parecía una broma. Otra vez se detenía todo. Volví a llamar Karen, que ya estaba en la carretera, y le dije que se diera la vuelta; la llamaría más tarde. Automáticamente las contracciones volvieron. Y fue in crescendo, cada vez más y más fuertes, seguidas, intensas y larguísimas. Carolina estaba en una especie de trance; la comunicación verbal inútil, y mis masajes y caricias ya no eran bienvenidos. Me limitaba pues a estar cerca de ella a darle lo que me pidiera: agua, un cojín, una manta; y la ayudaba a respirar; con el dolor ella parecía olvidarse de la respiración, entonces yo respiraba fuertemente por la nariz y exhalaba por la boca, “respira Carolina”, y ella al oírlo me imitaba, y esto parecía otorgarle cierto control sobre el dolor, que cada vez era más intenso y arrebatador. A las cuatro y media, llamé a Karen de nuevo; esta vez no había marcha a atrás. Nuestra “midwife” irlandesa llegó a las cinco y media, y una hora más tarde; a las 6.30 de la mañana del jueves 11 de febrero Rama llegó al mundo. Me ahorraré los detalles de la fase expulsiva del cuerpo; fue tan intenso, hermoso e íntimo que aún quiero saborearlo un tiempo más, reteniendo ese instante para mí. Medía hora después de nacer Rama ya chupaba de la teta de su madre con fuerza. Esto hizo que la placenta saliera limpia y rápidamente. Ahora a descansar, que ya es hora. Y la mamá se mete en la cama con su bebito recién nacido, se miran a los ojos como dos enamorados; un amor para toda la vida.
Karen se queda un rato más, chequea que todo esté bien, recoge sus cositas y se despide; a descansar que también le toca. A la mañana siguiente volverá a ver como sigue todo. Gracias, Karen, muchas gracias.
Y ahí nos quedamos los tres, demasiado exhaustos y excitados como para poder dormir; en una especie de éxtasis extenuante, sólo hablan los ojos; el papá y la mamá que se miran alucinados, que miran al bebé, y el bebé que mira el mundo por primera vez, y dos seres, sus papis, que le miran con los ojos cargados de lágrimas, llenos de amor y dicha, exhaustos y felices.



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